Carta a Betsaida (fragmento II)

He vivido diferentes tristezas y distintos tipos de pérdidas. El desamor y la muerte son un ejemplo de ello, pero el desamor tiene un tormento particular que lo difiere de forma significativa del fallecimiento. En la muerte el objeto amado ha dejado de existir en términos de nuestra comprensión, puesto que todos sabemos que la carne inerte no es más que un envase que se ha quedado vacío, el alma pertenece a una dimensión intangible. No sabemos si los muertos son capaces de ver y escuchar, incluso de pensar y perdonar. En el desamor, el ser que perdimos sigue ahí, su corazón sigue latiendo, su vida representa un dolor desesperante, una incertidumbre capaz de robarnos el sueño y un deseo todavía más irresistible. Muero de celos al imaginar que tu piel, tus besos, tu olor y tu risa, serán el regocijo de alguien más.


Respecto a la muerte, quizá las dos más significativas fueron la de mi padre y la de mi amigo, de quien te he platicado en innumerables ocasiones. Mi padre fue un hombre difícil, obstinado y distante, podría enumerar sus errores y sus carencias, pero lo cierto es que, cuando su cuerpo fue consumido por la enfermedad, le vi tan vulnerable y estuve tan cerca de él, que no hubo necesidad de reconciliarnos por medio de las palabras, me bastó su mirada. Hay cosas que no es necesario decirlas, además, cuando tratamos de explicar algo lo más claro posible, el lenguaje es insuficiente. Le cuidé en las largas semanas que estuvo en cama, limpié su cuerpo, incluso sus llagas, y le alimenté como a un niño; descubrí su desnudez mientras él se avergonzaba y decía haber perdido la dignidad; yo pensaba con simpleza que nos enfrentábamos a un capricho del repetitivo diagrama de la vida, hice por él lo que muchas veces él hizo por mí. Y así como estuvo presente cuando mi corazón latió por primera vez al desembarcar en este terrible mundo, yo presencié cuando sus latidos se extinguieron y su espíritu abandonó el puerto de la existencia humana. A pesar de su imperfección, no tengo ningún mal recuerdo de él, nos pusimos a cuenta hace tiempo, y a pesar de que son casi diez años de su partida, no me es complicado mantener su recuerdo cerca de mí, ya que hablo de él constantemente y cuando el deseo de la melancolía se vuelve apremiante, escucho la música que le gustaba, de ese modo disfruto extrañarle, así como disfruto también el dolor de su ausencia, porque eso me hace pensar que todavía le amo. Tengo muy presente su olor a tabaco y a perfume con notas de madera, heredé el color de sus ojos y la costumbre del café por las mañanas, más no heredé, aunque tú lo creas, su más grande defecto.

Una de tantas ilusiones que rompí fue que me acompañaras a la tumba de mi padre, deseaba decirle quién eres. Tal vez te parezca un ritual sinsentido y ajeno a mis creencias, pero me hubiese gustado hacerlo por respeto a su memoria y por el lugar que ocupas en mi vida. Acepto con vergüenza que desde el día que su cuerpo descendió a ese frío paraje, no he vuelto a pisar esa tierra. No me gusta derrumbarme frente a las personas ni en lugares abiertos, siempre he concebido que la tristeza deba ser un sentimiento cobijado por la penumbra, el silencio y la intimidad.


La muerte de mi amigo ha sido uno de los capítulos más complicados que he vivido. A menudo le echo de menos, y la primera vez que me viste llorar fue porque le recordé. Es difícil hablar de él y que mi voz no se quiebre. Casi toda muerte es trágica, solo en algunos casos, como el de mi padre, representa un alivio tanto para el que la padece como para quienes son los espectadores de una terrible enfermedad. Mi padre murió a los sesenta años, tuvo hijos, conoció a sus nietos, vivió experiencias dulces y amargas, cometió errores y pagó las consecuencias de los mismos. Forjó un destino sencillo, a medida de sus posibilidades, se conformó con poco, pues sus gustos eran sencillos y su ambición mesurada. Aprendió lo suficiente para sobrellevar la vida, se despidió de sus seres queridos, su agonía estuvo rodeada de amor y cuidados que disminuyeron sus dolencias. Mi amigo murió en medio de la noche, de una forma violenta, su cuerpo estuvo mucho tiempo sobre el frío pavimento de la calle en una noche de noviembre. Apenas unas horas antes yo había hablado con él y le prometí que nos veríamos. Así como a ti, tampoco fui capaz de cumplir con mi palabra. Recuerdo que al llegar a su funeral, su padre me reclamó por no haber estado con su hijo, cuidándolo, más su reclamo no fue colérico, sino desconsolado. Mi corazón terminó por romperse. Lloré hasta quedar agotado, el cuerpo también reciente el abuso que hacemos de la aflicción.

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