El regalo de un último gesto vivo ante la muerte: sobre el embalsamamiento en México

Advertencia: este artículo puede resultar un poco largo y como menciona la entrevistada, “la vida es muy corta”, de manera que leerlo puede implicar una pérdida de aprovechamiento de tu tiempo; por otro lado, si no tienes nada mejor que hacer, dale un vistazo para adentrarte a un mundo del que comúnmente no conocemos tanto. La última opción es: desliza los ojos en una lectura de barrido y detente sólo en las partes que llamen tu atención, yo te ayudaré poniendo en negritas aquello que considero sobresaliente.

Si hubiera manera de rastrear algo así como el sentimiento más presente en la memoria colectiva por año, no dudaría en decir que el 2020 nos trajo un sentimiento de desamparo, en otras palabras: miedo a la muerte. La humanidad experimentó a nivel global una sensación de sublimidad, de pequeñez, ante la devastación masiva y es que no podría ser de otra manera si consideramos que al día de hoy se han perdido cerca de tres millones de vidas humanas, frente al virus del Sars-CoV-2, alrededor del mundo.

Como consecuencia de la inmediatez tan característica de los tiempos que corren, la humanidad se enfrentó a uno de los fenómenos más profundos y quizá más atemorizantes: la muerte. El deceso de miles y miles alrededor del mundo, anunciado por los diferentes medios, la muerte de desconocidos, conocidos, amistades, familiares y hasta la propia amenaza ante la extinción, sumada a la imposibilidad del cumplimiento del ritual mortuorio, mezcla entre lo tribal tradicional y lo contemporáneo, no sólo destrozó los corazones de muchas personas, sino que algunas de ellas no lograron cerrar un ciclo simbólico, dada la falencia ritual.

Más allá de cuestionar la contingencia o la necesidad de estos rituales de despedida, lo cierto es que bajo el amparo de la visualidad, por lo común deseamos echar un último vistazo a la persona amada, como queriendo guardar una última impresión que nos quedará para recordarla con cariño. Quienes se encargan de esa última experiencia o bien, uno de los últimos escalafones en el proceso de despedida y quienes se encargan de conferirle un último gesto de vida a una corporalidad ya sin aliento, son las y los embalsamadores, que lucharán contra el tiempo y sus efectos, para permitir unos instantes más en el proceso de despedida.

En esta ocasión Jaqueline Arreola, una joven embalsamadora, nos comparte su experiencia en dicha profesión, que guarda una estrecha cercanía con la muerte.

AQ: Gracias por concedernos esta entrevista, Jaqueline, ¿nos puedes contar un poco cómo entraste a la profesión de embalsamadora?

JA: Mi motivación viene desde la niñez, más o menos a los diez años, creo que jugó un gran papel mi personalidad, ya que no tengo una carrera universitaria como tal —en nuestro país es escaza la oferta educativa en este ámbito—, sin embargo recién he logrado certificarme por la UNAM y la UAEMex, como embalsamadora, creo que mi entrada a este mundo significa tenacidad, no sólo para luchar dentro de un ambiente machista, por una posibilidad de trabajo, sino incluso prescindiendo de un sueldo; trabajaba sin cobrar, con la intención de al menos aprender la profesión de primera mano.

Me dediqué mucho tiempo a hacer búsquedas en internet sobre técnicas de embalsamamiento, trabajo gratuito en funerarias —además el trabajo más difícil de limpieza, que varios evitaban—, conferencias y algunos cursos; ya ni te cuento sobre el divorcio, dados los horarios que se manejan en mi trabajo y mi entonces nueva pasión. Me abrí paso, poco a poco, a un ambiente que traía otros estigmas que los de género, hay gente que se aleja de ti, por estar cerca de la muerte, es como si tuvieras una enfermedad contagiosa o algo así.  Aprendí la profesión investigando y practicando, yo misma embalsamé a mi abuelo, tenía muy poco de haber empezado y me dieron la oportunidad.

AQ: ¿Cómo se experimenta la desigualdad de oportunidades y la violencia de género en tu profesión?

JA: Ser mujer embalsamadora no es sencillo, es una profesión muy pesada en la que se desarrolla mucho trabajo físico, por lo que la población masculina es más amplia. Por otro lado —y como lo vemos en muchas otras carreras— se presenta el tema de la cosificación del cuerpo femenino, para llegar a escalar en el trabajo, por lo que tuve que hacerme pasar por lesbiana, para no ser molestada, llegó el punto en el que yo misma me llegué a hacer chismes, como que se difundiera que me olían las patas o que tenía una enfermedad de transmisión sexual, para crear cierta repulsión, ahora me da risa, pero era padre, porque a eso te orillaban.

Es un trabajo lleno de hombres, desde el funerario, los cargadores, los carroceros, yo trabajo en medio de seis, siete hombres, por eso es que en mi trabajo soy muy ruda; ni siquiera me baño. Hago cosas que no les gusta a los hombres. Trato de ser un ejemplo para mi hija, yo llegué aquí gracias a mí, no se lo debo a ningún cabrón, “tú también puedes”, le digo. He aprendido mucho a lo largo de estos años, me he transformado mucho también, muchas de mis creencias, así que cuando le traté de explicar a mi hija mi trabajo, me di cuenta de que me lo estaba explicando también a mí, finalmente no llevo una vida común, estoy rodeada de cadáveres y de muerte la mayor parte de mis días.

AQ: ¿Qué opinión te merece a ti el suicidio?

JA: Nadie puede controlar la muerte, no puedes, superar tu ansiedad, porque todos vamos para allá, no importa que llegues antes o después. Tu vida es tuya, suicídate, no hay pedo. Hay temporadas de suicidio, en diciembre y enero se suicidan más los adultos mayores, tiene que ver con la soledad; enero y febrero, hombres de mediana edad: problemas económicos, la cuesta de enero. Las estadísticas dicen que las mujeres se suicidan más por desamor o por violencia. Es un problema de género que una mujer se suicide por sentirse atrapada en una violencia de la que no logra salir. Es más baja la estadística de personas que se suicidan por enfermedades terminales, porque alguien enfermo a la mera hora lo que quiere es la salud, queremos lo que no tenemos.

En la plancha, cuando te llevan a los muertos, tú no puedes hacer juicios, debes desprenderte de lo emocional. Quizá te llegue un viejito bien tierno, pero era un pedófilo, no lo sabes. No puedes juzgarlos. Te va a sonar chistoso, pero a veces hasta los tratas bonito, “aquí estás a salvo”, “ya estás aquí”, no puedo aplicar mis moralismos.

AQ: Como mujer embalsamadora, ¿cómo experimentas el tema del feminicidio?

JA: Cuando llegan las víctimas de feminicidio es lo más fuerte que yo he vivido. Los cadáveres que he visto son un estruendo a la realidad, sus cuerpos son lastimados de muchas maneras, les quitan el cabello a jalones, les sacan los ojos, les mueren todo el cuerpo, llegan sin pezones, tienen cortadas, quemaduras; están violadas de muchas maneras, no se trata sólo de un pene, les meten lo que pueden, les rompen lo que pueden, brazos rotos, quemaduras químicas. O sea, estas mujeres vivieron un martirio durante y después de ser asesinadas. Nos damos cuenta por las heridas posmortem. Son crímenes de odio, porque van más allá de despojar de la vida a alguien. ¿Cómo le entregas a la esposa, a la hija, a la mamá, a la novia, a esta familia? Mi trabajo específico es brindarte un espejismo, quitarle lo muerto a lo muerto, tratar de regenerarlas. Es como hacer un pacto con la muerte, para que me deje conservar el cuerpo unos días más. Cuando una víctima está tan lacerada o cuando ya está putrefacta, ¿qué ofreces?

AQ: Todo mundo les agradeció en la pandemia a las médicas y los médicos, a las enfermeras y los enfermeros, etc., ¿cómo experimentaron las y los embalsamadores este periodo, considerando el peligro en la exposición a los cadáveres víctimas de COVID 19?

JA: Somos muy importantes, no somos reconocidos, no somos valorados. Se reconoce al médico forense y hasta ahí, pero nosotros somos quienes realimente lidiamos con todo el desmadre de un cuerpo, en el estado que llegue, ya sea implicando un fuerte riesgo de contagio, que llegue sin huesos o en estado de putrefacción. No todo acaba con el forense, ese no es el último proceso de la muerte. En nuestra cultura es necesaria la despedida, pero a nosotros nos llega un cuerpo en descomposición, nosotros los embalsamadores somos los que le damos forma a eso, le regalamos unos tres días a la gente para esa despedida. Nosotros somos el último eslabón en la cadena del sector salud. Recuperamos la humanidad de un cadáver para presentártelos.

AQ: ¿En la labor del embalsamamiento se hace evidente de alguna manera la división de las clases sociales?

JA: En la muerte no necesariamente lleva más trabajo el más rico o el más famoso, se trata de preservar un cadáver y eso debe llevar el mismo proceso. Si yo trabajo en el cuerpo de un indigente, me llevará quizá mucho más trabajo que alguien que tuvo una vida cómoda —dependiendo de tipo de muerte—, es posible que su aseo sea más concienzudo y eso me lleve quizá el doble de tiempo que tardo comúnmente, sin embargo es un cuerpo y es mi trabajo presentarlo dignamente.

Aquí no existe el ámbito público, es grave porque no  hay nada de regulación. No tenemos sueldos que vayan acordes con nuestra labor, no tenemos seguros; nosotros vivimos totalmente en la sombra y estamos expuestos a todas las patologías, estamos más expuestos que el sector salud. Nos enfrentamos a lo más peligroso. No hay vacunas para nosotros. Yo expongo mi vida todos los días, en todo momento. Todo el tiempo estamos expuestos al químico que ocupamos, es muy fuerte y te llega a afectar aunque traigas mascarilla y todo el equipo de seguridad. Pero no es sólo por el químico, sino por las patologías, por el contacto con los cadáveres, el cuidado a no tocar una jeringa, un bisturí, y no hay seguro ni indemnización.

AQ: Muchas gracias, Jaqueline, ¿quisieras decirle algunas palabras finales a quien te está leyendo?

JA: Hoy por hoy yo no me veo haciendo otra cosa, amo lo que hago. Esto se hace por pasión o no se hace. Si lo haces por dinero, mejor dedícate a otra cosa. Yo le diría a la gente: ¡déjate embalsamar! No por hacer promoción a mi trabajo, sino porque es bien padre, o sea, los embalsamadores no te van a lastimar, no te van a robar tus vísceras, no te van a hacer nada. Tu cuerpo ya tiene un proceso, lo único que vamos a hacer es evitar que te agusanes y que lleves una mala cara a tu funeral. Somos ese colchón o esa red de dolor para tu familia. Ponte en nuestras manos porque vamos a hacer lo posible para que, en ese proceso, los que te rodean no sufran tanto.

También quisiera compartir algunos versos para despedirme:

“La muerte también llora la pérdida de que en la tierra se dedicó a ella.

A la muerte le duele perder de este plano a quién tanta belleza y paz encontró en su cara.

 El abrazo más frío y aterrador que nadie quiere recibir, será el que con más calidez y gratitud por nuestra noble hazaña en vida en los brazos de la muerte nos espera.”

Jaqueline Arreola 💀

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