En contra de los millonarios, ¿resentimiento o conciencia?

Hace unas semanas leí una publicación que decía algo parecido a lo siguiente: “Juan chairo es pobre y está resentido con los ricos. Él no quiere tener más, simplemente quiere que todos sean igual de jodidos que él.”

Creo que la palabra “chairo”, haciendo de lado a los simpatizantes de López Obrador, también alude a otras personas. A los que vemos en las propuestas y gobiernos progresistas, una manera de disminuir la desigualdad. Y no tengo duda alguna en que una publicación semejante sea aplaudida por mucha gente. Por alguna razón, se relaciona a los simpatizantes de los gobiernos de izquierda con gente pobre, que no trabaja y que desea que “todo sea regalado.”

Evidencia hay para desmentir lo anterior, desde gobiernos de países del norte de Europa, hasta empresarios, artistas y escritores que simpatizan con la izquierda. Pero como leí una vez en una frase atribuida a Mark Twain: Ninguna cantidad de evidencia logrará convencer a un idiota.

La izquierda y la conciencia

Decir “izquierda” es una abstracción, dentro de ella hay diversas formas de pensamiento e ideas, incluso pueden ser contradictorias entre sí. A grandes rasgos, en la política, la izquierda busca la igualdad entre los individuos, razón por la cual se le asocia con el comunismo. De hecho hay quienes consideran como sinónimos izquierda, socialismo y comunismo. Esto es un desacierto producto de la desinformación y los prejuicios. Pero esto es muy conveniente para otras corrientes de pensamiento, ya que genera miedo o aversión a algo que no se conoce con exactitud.  

Si la izquierda pretende igualar las condiciones entre la gente, debe permitir que esto suceda y arremeter contra aquello que lo impida. Una de las causas de la desigualdad es que muchas personas no tienen acceso a lo más básico. Sin educación, techo y salud muchos niños están condenados a convertirse en adultos pobres. La idea de que el esfuerzo, el trabajo y la mentalidad ganadora son suficientes para “salir adelante”, ha permitido que las cosas no cambien. Según Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, el 90% de los pobres morirán pobres por más que se esfuercen. En el caso contrario, el 90% de los ricos morirán ricos por más incapaces que sean.     

Esta idea de Stiglitz no es muy diferente a la de otros pensadores. Además, es posible confirmarla a través de datos como la movilidad social. Este concepto se refiere a que una persona que se esfuerza merece mejorar su condición y calidad de vida. En México la movilidad social es casi nula.  Además, según la OCDE, a pesar de ser el país en donde más horas se trabaja es en donde menos dinero se gana. La realidad de millones es que salen muy temprano de sus casas, trabajan jornadas de 8 a 10 horas, regresan al anochecer y continúan pobres.

En el polo opuesto están los millonarios, los dueños de empresas que tienen un sinnúmero de herramientas a la mano para hacer crecer sus fortunas. Contrario a la creencia de quienes los admiran, la mayoría de ellos obtuvo sus millones a través de herencias. Es un porcentaje mínimo aquellos que lograron hacerse ricos de la nada. No obstante, este número reducido sirve para justificar el presente, para muchos, demuestra que “el pobre es pobre porque quiere”.

Demasiados empresarios demandan trabajo a cambio de un sueldo bajo. Con un porcentaje elevado de desempleo e informalidad, pueden darse el lujo de ofrecer salarios mínimos, tienen la certeza de que siempre alguien estará interesado. Asimismo, hay quienes no dan prestaciones como seguridad social y exceden el número de horas que marca la ley.

En crisis como la que vivimos en la actualidad el hilo se corta por lo más delgado. Los primeros en perder su fuente de ingresos es la población más vulnerable. Según inequality.org, el patrimonio de los millonarios ha aumentado de forma significativa durante la pandemia. Aunque la economía global se estanque o decrezca, los verdaderamente ricos mantienen sus ingresos, se benefician en parte, de que sus pequeños competidores estén debilitados. Esto ha motivado iniciativas que piden que se cobren más impuestos a los ricos. Impuestos que servirían para que los gobiernos puedan socorrer al resto de la población.

La evidencia es contundente, los millonarios tienen parte de responsabilidad en el tema de la pobreza. Otro fenómeno que sostiene esta tesis, es que los países con menor desigualdad generan menos millonarios que aquellos en donde hay más pobres. No se trata de talento, esfuerzo y dedicación, sino de la suma de muchas cosas, entre ellas, la corrupción del gobierno.

Numerosos gobiernos, en distintos países, han permitido que los ricos se vuelvan cada vez más ricos. Con la excusa de que los empresarios son quienes generan empleos, les es lícito hacer lo que les plazca. Les han permitido explotar recursos naturales a placer, sin importar el impacto ambiental, se les han perdonado impuestos y se les deja ofrecer sueldos miserables. Estos mismos empresarios son quienes financian las campañas de los candidatos que, una vez electos, gobiernan. También son amigos y familiares de los legisladores, aquellos que proponen reformas y ajustes en las leyes que benefician a las organizaciones económicas. A la par de todo esto, hay millones de personas que no tienen ni siquiera acceso al servicio de luz eléctrica y de agua potable. Afirmar que la gente es culpable de su propia miseria, es perder de vista toda la información y la evidencia que demuestra que no es así.

No se trata de ver a los millonarios como seres desprovistos de bondad o como villanos, está claro que no todos actúan con alevosía. Sin embargo, sí tienen parte de responsabilidad en el tema de la desigualdad.

La normalidad como sinónimo de justicia

Ningún sistema es perfecto y la historia nos ha enseñado que incluso las organizaciones sociales más inverosímiles, en algún momento parecieron justas.

Yuval Noah dice que es ridículo que en el pasado hubiese escuelas y barrios “blancos”, en ellos no se permitía la entrada a los afrodescendientes. Pero al mismo tiempo, calificamos de justo que hoy existan escuelas y barrios para ricos, en donde los pobres no tienen acceso. El orden jerárquico y los privilegios nos parecen razonables cuando estamos acostumbrados a ellos, pero vistos desde fuera pueden ser cuestionables y ridículos.

Jesse Owens y Muhammad Ali fueron medallistas olímpicos, sin embargo, ni eso les permitió el acceso a ciertos lugares exclusivos para blancos. Para nosotros, asimilar esto como normal es muy complicado, pero en ese tiempo mucha gente lo consideraba justo.

Virginia Woolf, en Un cuarto propio, denuncia que las mujeres en épocas pasadas no tenían derecho a administrar sus bienes. Si recibían una herencia, su esposo u otro hombre se encargaba de eso. Además, recordemos que hasta hace poco las mujeres ganaron su derecho al voto y de ir a la escuela.

Aquí en América Latina vemos la barbarie que se comete en África cuando mutilan a las niñas. Les cortan el clítoris para que no puedan sentir placer. También, tildamos de ignorantes a los países musulmanes que obligan a las mujeres a tapar su rostro. Todo eso es “normal” para ellos, es lo que “debe ser”, así “funciona” y lo justifican.

Nosotros vivimos en una sociedad desigual, donde la mayoría de las personas que nacen pobres mueren pobres, no importa cuánto se esfuercen y cuanto trabajen. Y en donde los ricos, por más corruptos y mediocres que sean, morirán siendo ricos. Este orden social es cuestionable, dista mucho de ser justo, no obstante, para muchas personas lo es, incluyendo a gente pobre. Todos aquellos que señalamos esto podemos ser calificados como resentidos, no obstante, esto no es verdad. Culpar a un alguien que nació en la pobreza de mantenerse pobre, es como culpar a un esclavo de serlo cuando nació en la esclavitud.

No hay resentimiento, sino conciencia, lo que se busca y reclama es una sociedad con menor desigualdad. Donde sin importar que alguien sea pobre, afrodescendiente, indígena o mujer, pueda tener acceso a educación y un trabajo digno. Que su esfuerzo sea recompensado y pueda adquirir bienes, desarrollar habilidades, divertirse, viajar y usar su tiempo libre como mejor le parezca.

No es que todos seamos “jodidos”, sino que todos tengamos las mismas oportunidades, y si para eso hay que ajustar la maquinaria del Estado, entonces debe hacerse. La pobreza y la riqueza en sus extremos, son una falla del sistema, un error de este orden social.

El origen de la pobreza es complejo, por lo tanto, remediarla también lo es. Se pueden discutir muchas formas, sin embargo, detengámonos a pensar en lo siguiente. ¿Qué pasaría si todas las empresas cumplieran con la ley, si pagaran impuestos y dieran a sus trabajadores prestaciones y salarios dignos? Seguramente sus ganancias se verían reducidas, a cambio de que muchas familias mejoraran sus condiciones de vida. Esta propuesta, por más sensata que sea para algunos de nosotros, es una locura para otros tantos. De manera sorprendente, muchos trabajadores consideran justo el nivel salarial del país. Ven como algo válido que sus empleadores vivan rodeados de lujos y privilegios. Es probable que piensen que “se lo han ganado”, y que ellos, si hacen lo necesario, tal vez podrán ganarlo en algún momento. Lo cierto es que, la probabilidad de que esto suceda es mínima. Podrán mejorar algunos aspectos de sus vidas, adquirir algunos bienes, pero después de una vida de trabajo morirán muy lejos de los verdaderamente ricos.

3 comentarios en «En contra de los millonarios, ¿resentimiento o conciencia?»

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