Encuentros: el eterno tren transiberiano

Escribo desde el restaurante del tren, un vagón completamente equipado con mesas, lindos manteles y amplias ventanas de donde se puede apreciar el verde paisaje de Siberia. El siguiente destino es Irkutsk, al oriente de extenso país ruso, para luego dirigirnos al mítico lago Baikal. El trayecto dura aproximadamente tres días. Me pregunto cómo luce este paisaje durante el invierno, con los árboles cubiertos de nieve.

Para llegar al restaurante hay que atravesar la tercera clase, en donde se encuentra mi cama, después el vagón de segunda clase, donde los camarotes son espaciosos. La tercera clase puede albergar a 6 personas por cubículo y unas 40 en el mismo vagón. Todas con su propia cama, sin división ni privacidad alguna, mientras que la segunda clase cuenta con camarotes privados con cupo máximo de 4 personas. Es importante mencionar la existencia de dos retretes por vagón y la falta de una regadera para tomar un baño.

Descubrimos el vagón restaurante gracias a 2 amables ancianas que viajaban en las camas de abajo, en nuestro cubículo. Se percataron de que mis compañeros y yo fuimos demasiado ingenuos y no llevamos comida para el viaje. Agradecimos haber recibido dicha ayuda y estar en un lugar cómodo para sobrellevar las inclemencias que la travesía nos hubiera entregado de haber permanecido en aquél incómodo vagón.

El día de anterior fue extraño y nos dedicamos a reconstruirlo entre bromas. Ramiro, Miguel y yo conversábamos sobre nuestra experiencia en el tren cuando se acercó un militar de unos 40 años, de nombre Yuri. Iba acompañado de una mujer que aparentaba ser su pareja, se veían bastante alegres y entretenidos. Intentamos mantener una conversación con aquel ruso ebrio con todas las alternativas a nuestro alcance, mímica, inglés, alemán, algunas palabras en ruso que encontramos en el diccionario ruso-español que Miguel adquirió en Moscú.

Yuri fue el primero de muchos rusos que se acercaron curiosos a nosotros. No podían esconder su asombro al enterarse de dónde veníamos, un país que no podían localizar en el mapa. Nos daba la impresión de que se alegraban al ver a tres mexicanos viajando en aquel tren. Ninguno de ellos hablaba inglés y mucho menos habían visto personas de piel morena.

Nunca imaginé que México fuera una tierra tan remota y desconocida para estas personas. Desconocían que ahí se hablaba español. No lo habían escuchado en sus vidas. Incluso Yuri nos confundió por un momento con musulmanes de oriente medio gracias a nuestras barbas desarregladas.

Pasaron las horas y los nuevos amigos rusos seguían emborrachándose con cerveza y vodka o con algún licor horrible. Ninguno de ellos podía evitar hacer una escala entretenida en nuestra mesa. Así conocimos a más de diez personas, todos hombres jóvenes, algunos habían terminado su servicio militar y se dirigían a sus hogares, mientras que otros eran trabajadores en el círculo polar ártico. La noche se consumía entre conductores de camiones y militares que bebían vodka como si fuese agua, eso y conversaciones difíciles de comprender.

Sin darnos cuenta, todo se volvió extravagante y diferente. Los rusos ebrios desfilaban por el pasillo sin parar de beber. Llegaron más invitados al convivio y parecían consolidar su amistad con un brindis. Nos sorprendimos de la particular manera de entablar amistades. Cada vez eran más los congregados a la reunión, y eran un poco rudos entre ellos, se empujaban violentamente, se golpeaban, brindaban, bebían y reían sin parar.

Quedamos atrapados en medio de una fiesta, en donde la mesera, de avanzada edad, luchaba por poner orden a gritos, regaños y empujones. Se trataba de una mujer de carácter fuerte y temple de acero, amable y siempre sonriente para con nosotros tres.

Dentro del caos conocimos a un ruso que hablaba inglés de manera fluida y clara, con quien pudimos conversar durante horas. Un rubio de 50 años de edad, aunque aparentaba ser más joven, trabajaba en el círculo polar ártico como ingeniero. Vivió una parte de su juventud bajo el régimen soviético. Nos compartió una parte de su historia entre risas y vodka.  Aprendió a hablar inglés durante su juventud y por necesidad. La empresa en la que laboraba adquirió una máquina de excavación que necesitaba ser configurada para su funcionamiento y él era el encargado de dicha actividad. El manual de instrucciones estaba en inglés y tuvo que aprenderlo lo más rápido posible.

Pasamos cerca de diez horas en este vagón repleto de historias sin sentido, borrachos que no querían dejarnos ir a ningún lado, comida, alcohol y personas interesantes. Logramos escapar después de que la mesera del restaurante corriera a los ebrios salvajes que comenzaban a golpearse entre ellos, los encerró en la intersección de los vagones para que no volvieran a entrar. Sorprendente e inexplicable nuestra experiencia de aquella noche.

Volvimos a nuestras camas en la tercera clase. Un mundo pequeño lleno de gente desconocida y amable, que ofrece su ayuda a pesar de las limitaciones del lenguaje. Vi el primer rayo de sol tocando a mi ventana anunciando el amanecer. Eran las 03:00 de la madrugada, el bosque de Siberia se llena de contrastes entre la oscuridad de la noche y los rayos rojizos del sol de verano. Mi cama es apenas justa para mi altura y resulta incómoda, pero el cansancio ayuda a conciliar el sueño. Comienza el eterno tren transiberiano.

5 comentarios en «Encuentros: el eterno tren transiberiano»

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  4. La redacción de la primer reseña me obligó a terminar la lectura, a pesar de que tratara de un libro que ya conozco. Me gustó su tono y me pareció interesante su progresista visión.
    Fue hasta la segunda lectura – igual de envolvente-, de un tema que para nada me interesó, y nada tenía que ver con la primera, pero, de nuevo la manera de relatar, capturo mi atención.

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