Es cuestión de principios

Como si siempre fuera época electoral, nuestras redes y medios de comunicación hacen de nosotros instrumentos necesarios para conseguir la popularidad que garantice la permanecía de los políticos. Somos incluso “críticos” necesarios para que ellos puedan continuar en el poder. Por buenas o malas que sean nuestras opiniones, somos los medios, para que  la clase política siga asegurando sus vidas ostentosas y su condición de poder. Pero esta no es una opinión novedosa, últimamente he tratado de entender qué hace que ellos permanezcan en esos cargos y las nuevas voluntades queden en el camino. Como un simple acto de resistencia  de una sociedad desdichada cuyas carencias ya ni siquiera son cuestionables. 

Somos un reflejo de resignación donde nuestras opiniones o críticas solo son un medio conveniente, nunca irán o llegarán a espacios donde la élite no lo permita. Porque aunque las redes nos faciliten las formas de expresión, en algún punto se vuelven intrascendentes. Estamos imposibilitados, hacemos de nuestra palabra una eterna lucha. Seremos escuchados hasta donde se nos permita, sin lastimar las garantías de control de unos sobre otros.

Mirando mi entorno y conociendo por suerte o infortunio las medidas de los discursos de la política, la narrativa más vacía es la que habla de inclusión y justicia. No ha existido a lo largo de la historia quien no se abandere de tal discurso, pero entendiéndose como mero bullicio engañoso que incluye la fuerza de los de abajo y la astucia de los de arriba.

Es cuestión de principios. Aquellos que mientras nos esclavizan tienen el derecho y libertad de justificarlo todo.  La esperanza llega para los de abajo como un impulso necio de salir del fondo del hoyo donde la pobreza, la violencia y la desigualdad se han normalizado. La política se ve reflejada en los platos que sobre la mesa tenemos o no la posibilidad de consumir y como un gesto noble llamado humildad, atesoramos la pobreza en un acto romantizado que los de arriba nos enseñaron a adorar y atesorar como “trabajo digno” 

No es que el día de hoy me haya levantado un golpe de realidad en la que el pesimismo me recordó que vivo en una de las colonias populares más marginadas y violentas del país.

En realidad esta semana evalué que la imposibilidad de nosotros no radica solo en una cuestión de privilegios, sino de principios.  Nosotros nos sujetamos al bien con la esperanza de que sea recompensado, mientras otros saben que en el romper el honor esta la abundancia de lo que llevan a sus mesas. Los principios son la forma mezquina en la que la desigualdad continúa siendo el resultado de una represión que sin fuerza o evidencia somete al sector más vulnerable, condenándolo a aceptar su desventaja como una virtud. Los principios nos hacen tan frágiles que sin darnos cuenta en la búsqueda de la justicia, nos unimos a otros intentando construir y mejorar las condiciones de las personas, sin embargo en el camino nos damos cuenta que hemos sido constructores de los privilegios y gozo de alguien más. Como si construyéramos algo en lo que podemos habitar todos y de pronto ya casi cumplido el objetivo alguien más viene a tomar el trabajo realizado, no por mí, sino por el de muchas manos obreras, trabajadoras y valientes que esperar ver materializado el trabajo que honradamente ha realizado.

A quienes salen de estos lineamientos, a quienes se atreven a romper los principios que nos vuelven amantes de la pobreza, para ellos siempre existirá la criminalización. Ahí se encuentra un obstáculo invisible, pero fuerte; la línea que no se ve, pero que incluso los de abajo apoyamos y adoptamos, sin cuestionar causas. No obstante, enfrentando a quien cuya realidad intenta desafiar para incluirse en otros niveles.

¿A caso no somos las mujeres criminales cuando hacemos valer lo que por derecho se nos debería permitir? ¿A caso no son aquellos desfavorecidos encarcelados o convertidos en criminales cuando se manifiestan?

Es una vieja práctica que no cambia, que continúa ahí recordándonos que para todo aquel que desafíe los principios, pondrá en duda su dignidad humana y honradez, aunque de estas virtudes carezca la clase política. Seremos criminales al adoptar nuestros derechos, por ello en pleno 2020 aún continúan rechazando la educación en temas de derechos humanos, adoptar la libertad en algún punto nos vuelve marginados y pone en riesgo nuestra persona.

La colectividad es algo necesario, pero también trasformar los principios que en ella se adoptan, vivimos una época de transformación donde debemos hacer la diferencia entre el trabajo colectivo y el sometimiento de nuevas masas sociales en las que los principios no cambian, solo las causas, pero estas siguen beneficiando a los sectores políticos y ricos del país.

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