¿Por qué nos molesta tanto el feminismo a los hombres?

Es fatal que una mujer acentúe una queja en lo más mínimo; es fatal que defienda cualquier causa hasta con razón; o que hable deliberadamente como mujer.

Virginia Woolf. Un cuarto propio.

En el presente, y más en el espacio digital, entre los temas que despiertan discusiones acaloradas está el feminismo. Y una de las causas es que muchos no saben a qué se refiere. Un concepto general, por ejemplo el de la RAE, dice que es el “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.” Esto es esencial para entender este asunto, por lo tanto, aquellos que niegan la desigualdad entre los sexos, no podrán asimilar la lucha feminista. Ya que es precisamente la disparidad lo que se busca abolir.

El feminismo molesta a los hombres porque cuestiona el orden social y siempre hay una resistencia ante los cambios. De igual manera hace evidentes los privilegios que nosotros tenemos por encima de ellas. Por lo cual, hasta cierto punto es entendible negarse a digerir esta realidad, pues no nos conviene. Una mente que no está dispuesta a tratar de conocer algo, no lo hará, por más evidencia y argumentos que se presenten.

Es habitual suponer que la estructura en la cual nos desarrollamos responde a un orden natural y que es buena por sí misma. De tal suerte que creer que los hombres se ocupan de ciertas tareas y las mujeres de otras, está justificado, es “normal” y “está bien”. Sin embargo, basta con revisar la historia para entender que este orden no siempre es justo ni tampoco es natural. La diversidad cultural nos permite ver que hay sociedades sumamente distintas unas de otras y que cada una de ellas funciona a su manera. Es “normal” que las mujeres en algunos países islámicos no puedan mostrar su rostro. Es “normal” que en ciertas regiones de África se mutile a las niñas para que, una vez adultas, no puedan sentir placer al tener sexo. Era “normal” que las mujeres se intercambiaran por ganado o bienes para darse en matrimonio. Que una sociedad sea funcional, en el amplio sentido de esta expresión, no significa que no se deba cuestionar ni transformar.

El feminismo hace visible la disparidad

Ejemplos sobre la discrepancia entre hombres y mujeres hay demasiados: el derecho al voto originalmente estaba reservado para los hombres. El derecho a recibir educación académica durante mucho tiempo fue censurado para las mujeres. Las universidades estaban llenas de hombres e inclusive, el acceso a las mujeres no era permitido sin la compañía de uno de ellos. Virginia Woolf, en Un cuarto propio, narra que en una ocasión quiso entrar a una biblioteca y no se lo permitieron, precisamente por este principio. Negarle la entrada a una de las escritoras más importantes del siglo XX fue ridículo, pero igualmente real. En esa misma obra, esencial desde mi punto de vista, también dice que hubo un tiempo en el cual las mujeres no podían recibir herencias. Las que heredaban la fortuna de sus familiares tenían que ceder esos derechos a sus esposos. Esto, como lo anterior, puede leerse absurdo, pero era “justo” según la visión de ese tiempo. Así como la administración de la riqueza era algo exclusivo de los hombres. Asimismo lo eran el deporte, los asuntos públicos, la ciencia, el arte y demás. Cuando los derechos solo están reservados para unos pocos, entonces son privilegios.

No es raro que en mundo literario algunas mujeres hayan tenido que adoptar un pseudónimo masculino. Hubo periodos en los que las artes eran tarea de los hombres. Se dudó de que Mary Shelley escribiera Frankenstein o el moderno Prometeo, una obra repleta de genialidad. La mujer servía como inspiración, como musa, reduciendo entonces su existencia a un objeto. Tuvieron que pasar siglos para que ellas demostraran su genio.

Se puede caer en el error de pensar que como muchas de estas reglas han cambiado, la desigualdad ha sido erradicada, pero no es así. En el presente las mujeres pueden votar, ir a la universidad, formar parte del gabinete de un presidente, ganar medallas olímpicas, etc. No obstante, sigue existiendo disparidad entre ambos sexos. Nadie en su sano juicio puede asegurar que los peligros para hombres y mujeres son iguales. No en un país como México. Si no, habría que preguntar a los que son padres si conceden los mismos permisos y tienen las mismas precauciones para hijos e hijas.

Otro error es minimizar la lucha feminista al compararla con otros problemas sociales. Cuando se desea desacreditar el feminismo se apela al racismo, a la guerra, a la desigualdad social, la discriminación de los indígenas, entre otros. Pero el hecho de que existan un sinnúmero de injusticias, no debería ser razón para decir qué lucha es válida y cuál no. Muchas personas que se pronuncian en contra del feminismo aseguran que hay cosas de “mayor importancia”. A las mujeres que reclaman el derecho a la interrupción legal del embarazo, se les dice que mejor pidan por el cáncer de mama.  A quienes reclaman por la penalización del acoso, se les dice que mejor lo hagan por las desapariciones. Esta manera de desprestigiar la pugna feminista es insensata y común al mismo tiempo. Cuando las mujeres querían votar, es probable que les hayan dicho que ocuparan su tiempo en otras cosas, como pedir por las víctimas de guerra. Hay cierta vileza en decirle a cada grupo el por qué deben luchar. ¿Cómo sería mencionarles a los periodistas que demandan la democratización de los medios, que mejor exijan por la muerte de sus colegas? ¿Cómo decirles a los que luchan por la no crueldad animal, que mejor protejan a los niños desamparados? Cada grupo escoge el eje de su batalla y su razón de ser, y esto, es legítimo.

Feminismo, homogeneidad, estereotipos y privilegios

El feminismo no es una ideología homogénea y como muestra están las disputas que hay entre las mismas feministas. No todas persiguen los mismos objetivos ni abordan los problemas de la misma forma. Hay mujeres que no están de acuerdo, por ejemplo, con el “lenguaje inclusivo”, pero sí buscan que se erradique el acoso laboral. En las manifestaciones en donde se rayan monumentos y espacios públicos, no todas participan en estos actos. La disparidad y las batallas de los sexos difieren por múltiples razones. Es poco probable que a lo que se enfrenta una mujer de clase media, de una ciudad, sea lo mismo que una mujer indígena. El feminismo tiene distintas motivaciones en diferentes latitudes. Las condiciones sociales de Islandia no son las mismas que en Nigeria, Corea, Venezuela u otro país. Asumir que todo el feminismo es igual es un error.

El estereotipo que se ha generado de las feministas y las expresiones que sirven para burlarse de ellas, ponen de manifiesto un abismal desconocimiento. Hay intolerancia ante los reclamos de las mujeres y esto, no es algo nuevo. Decir que el feminismo de antaño era diferente o buscaba en realidad algo justo, es falso. La historia nos dice que siempre las demandas realizadas por las mujeres se han enfrentado a los cerrados sistemas de creencias de los hombres. Rosa Montero, en La ridícula idea de no volver a verte, relata cómo Marie Curie tuvo que hacer frente a los paradigmas de su tiempo. La mujer que ganó dos premios Nobel tuvo que superar obstáculos risibles solo por ser mujer.

Para los hombres que aseguran que las mujeres poseen privilegios, hay mucho que discutir. Es verdad que los hombres han tenido que ir a la guerra y ser los que se ocupan de las tareas más arduas. Pero esto les ha permitido ser quienes ganan dinero, por lo tanto, ser “cabezas de familia”. Poner condiciones y reglas, tomar decisiones, ser atendidos como los proveedores, heredar su apellido e imponer su linaje. El trabajo para las mujeres no era permitido, su lugar en la sociedad era secundario.

La religión o la cultura judeo-cristiana han hecho su parte. El hombre asume un papel protagónico, la mujer, alguien que le sostiene, le apoya y le sirve. Las virtudes femeninas son la fidelidad, la sumisión, la prudencia y la belleza, mantener el equilibrio del hogar y la crianza de los hijos. Por otro lado, la embriaguez, la ferocidad, la tenacidad en los negocios, la inteligencia, la ruindad, el libertinaje, han sido permisibles para los hombres. ¿No será que a los hombres nos molesta que ellas puedan comportarse como nosotros? ¿Nuestro malestar es que pueden ser igual de libres; salirse del ideal y los roles que les asignamos? Si la delicadeza, el carácter dócil y la debilidad se han entendido como parte de la feminidad. ¿No es entonces chocante verlas gritar groserías, rebeldes, con el rostro pintado y violentas? El ideal del cuerpo femenino se ha hecho para que sea apetecible a los hombres. Cualquier desnudez que no se ajuste a tales parámetros es grotesco según el juicio masculino. Esto también es motivo de burlas y de molestia, ver senos y cuerpos rollizos en una protesta genera fastidio. Las demandas y las causas de las manifestaciones pasan a no ser importantes, el color del cabello y los cuerpos son el tema. ¿No es esto nefasto?

El feminismo y la tarea de los hombres

Contrario a lo que algunos dicen de sí mismos, yo sostengo que los hombres no podemos denominarnos feministas. Ni “aliados”, como se ha querido conceptualizar. Esto es porque hemos replicado y ejercido, de manera consciente e inconsciente, los privilegios que significan la opresión hacia las mujeres. Invadir los espacios y su movimiento es querer participar en algo lícito, pero desde una perspectiva inadecuada. La tarea de nosotros debe consistir en darnos cuenta de la inequidad que hay entre ambos sexos. En percatarnos de la hostilidad que hemos creado alrededor de las mujeres y romper con dichas conductas.

Nuestro lugar no está en asumir una postura protectora ni paternalista —patriarcal, a final de cuentas—, sino solidaria. No debemos intentar participar en sus reclamos a través de la protesta, sino de la crítica hacia nosotros mismos. El respeto a la lucha feminista no tiene por qué estar motivado por nuestras madres y hermanas, debe respetarse por el conocimiento de sus causas. Y aunque no estemos a favor de algunas de ellas, ni de sus formas, ser conscientes de que no necesitan nuestra aprobación ni consentimiento. Ellas lo harán, nos guste o no. La liberación femenina es la liberación de la humanidad.  

3 comentarios en «¿Por qué nos molesta tanto el feminismo a los hombres?»

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